MONUMENTO LAMPEDUSA

Lampedusa – Monumento

 

Existe en nuestra cultura un modo de auto comprensión que se ha ido extendiendo y enraizando de tal modo que ha ido adquiriendo ribetes de naturalización profunda. La Sociedad Global, un evento creado desde la metrópoli en posesión de una exorbitante producción de masas, recursos tecnológicos y grandes cadenas de medios de prensa y difusión, logró imponerse tras la caída de los países del Bloque Oriental y su influencia.

En los años regios del capitalismo contemporáneo, entre mediados de los años 50s y 60s, sus réditos en EE. UU. y Europa, vía Plan Marshall, este modelo social comenzó su expansión cultural junto a la apabullante seducción de su mercancía. No se debe olvidar que estos son los años donde la televisión comienza a jugar un rol relevante en la transmisión de contenidos, y justamente cuando la publicidad hace su aparición como campo de ejercicios creativos permanentes. Así también el Arte Pop y la Performance hacen su aparición. Occidente se aprontaba a integrar a toda su zona de influencia en una elegante y satisfecha sociedad de masas compartiendo la perfección de su acervo cultural que detenía el avance del comunismo hacia el mismo segmento sociocultural.

Este escenario es el que adelantaba Marshall Mcluhan en su célebre libro Understanding Media: The Extensions of Man (1964) en un instante de confusión respecto del uso, el alcance y la profundidad de los medios ejercidos sobre la sociedad. Mcluhan indagaba sobre un nuevo estado perceptivo que comenzaba a transformar la psicología de los individuos, permanentemente escindidos por la reproducción del mundo reconocible. Desde los años 60s el alcance de los medios ha crecido exponencialmente, moldeando al conjunto social en su totalidad.

Pues bien, la reiteración invasiva de las imágenes tanto en el espacio público como privado que esto ha traído ha establecido un desdoblamiento de lo real en una percepción bipartita entre la imagen percibida y su referente primario. No podemos ya observar lo que nos rodea sin imaginar su doble y a su vez su reproducción siguiente. Nos vemos impedidos de distinguir la Naturaleza, de conectarnos a ella.

Dada esta situación es nuestra percepción que la debe reconfigurarse día tras día en un mundo sobre-mediado y sobre-tecnologizado, forzada a aprender nuevos modos de socialización saturados de códigos y claves que se reinventan sin descanso. De este modo las imágenes resultantes finalmente van adquiriendo un carácter absoluto, no importando su condición de doble escindido. La ficción va tomando el lugar de lo real.

Es este escenario el que extendido desde la metrópoli occidental se posiciona en el mundo consolidando un discurso, una visión y una ideología, por lo que toda imagen producida encontrará su lugar, cual más, cual menos en esta estructura.

Bajo la observancia de los medios, los sucesos registrados en las zonas de interés geopolítico para el Occidente del primer mundo no pueden sino descontextualizarse; emergen confusos en la plataforma mediática que los exhibe como autentificación de los intereses de la gran estructura de la sociedad global.


El proyecto “Lampedusa” de Yisa (José Caerolls) se ubica justamente en la confusión desde la que emergen estas imágenes y su excesiva mediatización, en donde se exagera el factor trágico y apelando a su patetismo y a lo caótico de su situación. El artista apela directamente al problema de la migración forzada y su consiguiente mediatización. A sabiendas del impacto de las imágenes, mediadas, el artista recrea la realidad de lo registrado haciendo el proceso inverso hacia el origen del hecho acaecido.

“Lampedusa” es un levantamiento volumétrico de cámaras de aire que al modo de un monolito se erigen como monumento inservible. Esta escultura busca imponerse a la finitud anónima de aquél número creciente de personas en situación trashumante que arriesgan y pierden su vida en el mar.

Las cámaras apiladas buscan recordarnos los nombres jamás aprendidos de estas personas, de las cuáles conocemos de su existencia sólo por la tragedia de su condición explotada por los medios de prensa e información. Las cámaras de aire notan la existencia anónima de quienes fallecen como perfecto símbolo de lo único verdaderamente asimilado: la muerte, en su despojo.

Yisa parece nadar a contracorriente para captar la instantánea faltante, la agitación desesperada del lente que textualice el por qué y el cómo de este desenlace. No obstante, ese empuje termina por fatigarse en su imposibilidad; sólo podemos sentarnos a observar, a reiterar la mediatización, naufragando en la superficie, lamentando la tragedia del otro.

Este cuerpo abotagado es la única fisicidad a la cual podemos acercarnos sin equívocos, y que el artista parece resumirnos en una forma que podemos comprender. A su vez, Yisa se silencia ante el ruido proveniente de la sobreabundancia de tragedias mediadas, y busca acogerse a la austeridad de un objeto que poco tiene de neutro en este escenario.

De este modo “Lampedusa”, puerto obligado en la travesía asiático-africana a Europa, nos adentra en la tragedia que un creciente número de personas debe soportar para escapar de situaciones apremiantes en su nación de origen, que lamentablemente para muchos termina por ser definitiva antes de culminar en su destino final. Años atrás hubiésemos contemplado conmovidos estos incidentes retratados al modo de “La balsa de la Medusa”, hoy, en su imposibilidad, nos ceñimos al turbador silencio emitido por la pila de flotadores. En ellos, la esperanza y la tragedia se combinan como factorización azarosa ante el observador. Yisa señala el hecho y reitera su actualidad: allí donde nace una noticia, una imagen, un otro muere, un otro desaparece y un otro sobrevive. Allí también quienes observamos, nos aferramos al flotador viendo a los otros abandonados a su suerte, lamentando su destino, cierto, pero incapaces de adelantar nada más que una queja o una mueca triste. Así, sin más, quedamos a salvo en la redentora superficie que la imagen nos proporciona, aferrados a una cámara de aire con la vista puesta en el horizonte o con los ojos cerrados apresurados a olvidarlo todo hacia la armoniosa luz de un presente infinito.